Mamen


Me llamo Carmen y nací y viví en una numerosa unidad familiar y desde pequeña me han llamado Mamen. No siempre era fácil compartir el día a día con tan considerable número de personas: una abuela controladora que gobernaba la casa, un padre autoritario y poco cercano, una madre muy activa que aportaba el oxígeno del mundo exterior, y que trabajaba en la administración pública, en la inspección de la Educación. Y a partir de ahí, “los iguales”, 10 en total, que conformaban el mayor número de personas de diferentes edades y talante, y de sexo predominantemente femenino.

Esta presentación que parece poco estimulante, a la vez era enriquecedora, siempre pasaban cosas diferentes y cada uno, desde su posición personal, las disfrutaba, y también era una buena opción el “sálvese quién pueda”. Todo estaba organizado de tal modo que el hilo conductor, diseñado por los padres, servía igual para los mayores que para los pequeños. El estudio era incuestionable, tanto para hombres como para mujeres. Las comidas y cenas eran eternas, y en horas extremas para poder hacerlo todos juntos y para poder compartir con las hermanas mayores sus experiencias universitarias... Y al final del día se añadía —¡cómo no!— el santo rosario en el oratorio de casa. Un oratorio en el que se celebraron los bautizos, primeras comuniones e, incluso, una boda. Éramos una familia cristiana, apostólica y romana, y el lema de “la familia que reza unida permanece unida” estaba presente. Con el paso de los años, esta rigidez fue menguando, ya que la realidad familiar cambiaba a medida que las hermanas y el hermano mayor se casaban, los padres se hacían mayores y también la sociedad iba cambiando.

Un lugar que me hace sentir bien: un recorrido por el Empordà y llegar al mar..., en el cabo de Creus.
Una fiesta que me trae buenos recuerdos: hacer cagar el tió
Una afición para el tiempo libre: leer, ver películas
Una canción que me gusta escuchar: "Al borde del mundo", de Valèria Castro
Una película: El Gatopardo

Niños haciendo cagar el Tió. Dibujo de Felip Cusachs para La Llumanera de Nova York (1874-1881)

¿En qué has ocupado tu vida?
El proceso de los estudios que realicé fue costoso, porque seguí un camino de curvas y pendientes. La escuela, religiosa. El referente de las hermanas mayores, estudiosas y obedientes. Era obvio lo que se esperaba de mí, por lo que fue un contraste lo que resultó, hasta el punto de que me enviaron a un internado en Burgos, para ver si allí me reconducían, sobre todo en términos de estudio. Quedaba la carrera, y eso era irrenunciable para los padres, y en este aspecto, llegamos a un acuerdo: estudiaría y trabajaría al mismo tiempo para ganar dinero, independencia y hacer mi vida. Fue mi madre quien me fue a matricular de Magisterio para garantizar de esa forma que yo cumpliría el pacto. Posteriormente, me licencié en Historia, y mi vida profesional se desarrolló en la Educación. Tuve la suerte de tener a esta madre, que daba un valor “10” a la independencia económica de las mujeres. El trabajo, cuando empecé, fue fácil de conseguir en un campo que me era conocido por las evidentes conexiones familiares.

Celebrando Sant Jordi en la escuela

¿Cómo has vivido los cambios sociales y culturales?
Durante todos estos años se ha producido una profunda evolución de la sociedad, que me ha influido mucho. Estos cambios, impulsados ​​básicamente por la globalización, que me han permitido disponer de todo tipo de productos de todo el mundo y de acceder al progreso tecnológico, me ha situado en un mundo en crisis —climática y de todo orden—, que me han confrontado con nuevos retos, que he procurado asumir: reciclaje, disminuir el consumo...También ha cambiado radicalmente la forma de comunicarnos y relacionarnos. El móvil lo ha invadido todo, incluso nuestra intimidad amenazada por las llamadas inhóspitas... Quizás uno de los cambios que más contrasta con lo que viví de pequeña son los nuevos modelos de familia que se han desarrollado —monoparentales, LGTBI, parejas de hecho...— y todas legalmente constituidas. Esto junto a la llegada de inmigrantes, sobre todo latinoamericanos y africanos, ha hecho que nuestra sociedad haya cambiado en formas de vivir, con el reto de la inclusión de estos recién llegados.

¿Qué crees que era mejor años atrás?
Los valores que he ido adquiriendo y que he procurado transmitir a mis hijos y alumnos, estoy constatando que se están perdiendo. Nos estamos transformando en personas poco empáticas con los inmigrantes y poco solidarias con las necesidades de los demás. También poco tolerantes con lo diferente. ¿Existe la justicia social? Soy honesta y debo reconocer que está poco arraigada en la realidad que nos rodea: cada vez hay más vagabundos y ”sin techo” en nuestra ciudad, y supongo que es un mal endémico que no sabemos cómo resolver; queremos libertad e igualdad, pero no sabemos qué hacer para conseguirlo. Todos estos problemas se están agravando y se están haciendo tan visibles que imposibilitan “un mundo feliz”. Estos valores son irrenunciables tanto ahora como en las generaciones anteriores, y debemos preservarlos por las generaciones que vendrán.

Una il·lustració de la meva filla
Una ilustración de mi hija

¿Y ahora qué?
El hecho de hacerse mayor...!!! El hecho en sí creo que es una mala pasada, pero está claro que no se puede hacer nada al respecto. Me he hecho mayor casi sin darme cuenta, y he llegado a esta edad —que clasificamos como “tercera edad”— simplemente por tener un número determinado de años. Mirando los años vividos, hago una valoración positiva de lo que han sido y los recuerdo muy gratificantes. Haber vivido muchos años hace que hayas vivido muchas experiencias diferentes, mejores unas que otras, siempre con una visión constructiva y valorando su parte positiva. Haber conseguido muchos de los hitos importantes, sin renunciar a mis ideas, sólo me hace pensar que he sido una persona afortunada.

Mi actitud en la vida profesional ha sido pasar desapercibida en mi gestión como directora de escuela y conseguir un buen clima de trabajo en el que los alumnos fueran los más beneficiados. En el ámbito personal, la educación de mis dos hijos ha sido una tarea querida y gratificante, y me he sentido realizada como madre. Uno es fotógrafo, la otra es ilustradora, y lo hace muy bien. Tengo edad para ser abuela, pero no tengo prisa para serlo. Recomiendo a todas las generaciones, que disfruten de todo y lo máximo posible, sin renunciar a sus principios ni a sus valores como personas.


Al borde del mundo | ValeriaCastro

El Gatopardo | Luchino Visconti

Un paseo hasta el Cap de Creus