
Soy hija de Badalona, donde nací hace 90 años, y fui hija única hasta los doce años, que nació mi hermana. Por motivos de trabajo de mi padre nos trasladamos a Sant Adrià, cuando tenía tres años e hice mis primeros estudios en una academia, de la que no guardo un buen recuerdo porque compartía la clase con alumnos mucho mayores que yo. A los seis años volvimos a Badalona y entonces me llevaron a la escuela de las carmelitas, de la que tampoco tengo un buen recuerdo, pero en este caso porque me costaba mucho aprender y el sistema de enseñanza era de lo más anticuado, con castigos de rodillas de cara a la pared, golpes en los dedos con una regla e incluso encierros en una habitación, bajo la escalera, aunque yo no lo sufrí.. Cuando lo conté en casa, mi padre fue a ver a las monjas y les dijo que si había algún problema era él quien debía saberlo y resolverlo, pero que a mí ni me tocaran. La razón de mis dificultades en aprender era que sufría un trastorno específico del aprendizaje, especialmente relacionado con la lectura y la escritura, conocido como dislexia y que se me diagnosticó a los treinta años, cuando un día, mi marido, que estaba en la calle, me dijo que le mirara a la agenda el número de una tienda a la que debía ir y le dije el 2!
Sin embargo, tenía facilidad para la música y siempre que podía me iba a tocar el piano. De hecho, lo estudié y cuando tenía dieciséis años mis padres me regalaron uno. En casa siempre me sentí muy querida y nunca me faltó nada. En la posguerra fui una niña feliz. Con cuatro años, los domingos íbamos de Sant Adrià a Badalona en bicicleta, cruzando la vía del tren, a ver a los abuelos y por la tarde venían los vecinos, ponían música, y bailábamos.
Recuerdo que en Sant Adrià montaban unos caballitos y había una niña que dormía en el suelo, en una tienda, y yo me hice muy amiga de ella; y mi padre le dijo a mamá: coges a esta niña, la llevas a casa, la bañas, le pones ropa y que coma con María Rosa, ya que es tan amiga. Mi padre era una bellísima persona. Los domingos cogía el camión y llevaba materiales de construcción, tejas, uralita, cemento,..., a los barrios de chabolas del Somorrostro y de La Mina, incluso a la casa de Carmen Amaya. Hacía apuntar todo lo que daba al trabajador que le acompañaba, hasta un día que éste le dijo: señor Miguel, ¿usted cree que esto lo va a cobrar? Desgraciadamente murió de repente, todavía joven, a los 52 años, cuando yo tenía 21, y el día del entierro la calle estaba llena de gitanos de aquellos barrios, llorándole.
Un sitio que me hace sentir bien: las estancias en la casa de Espot
Una fiesta que me trae buenos recuerdos: la Navidad
Una afición por el tiempo libre: caminar y leer
Una canción que me gusta escuchar: el Mesías de Händel
Una película: cantando bajo la lluvia con Fred Astaire
¿En qué has ocupado tu vida?
Cuando terminé la escuela, como mi padre vio que sabía leer, escribir y sumar y restar, me colocó en el despacho de la empresa para realizar tareas administrativas. Las hice bien mientras eran manuales, de copiar y escribir, pero cuando la cosa se mecanizó tuve dificultades y tuve que realizar otros trabajos. En todo caso, mi padre quería, a todas luces, que siguiera trabajando, hasta el punto de que cuando tenía que casarme me dijo de buscar un local en Sant Adrià para montar una tienda, pero desgraciadamente murió antes y no pudo ser. Me casé a los 22 años y mi marido se hizo cargo del negocio de materiales de construcción, pero él era mecánico electricista y, al cabo de un tiempo, tuvimos que cerrarlo. Encontró trabajo en Barcelona y nos trasladamos allí. Yo entonces me dediqué a llevar a mi familia. Tuve cinco hijos, tres chicos y dos chicas, y tengo 12 nietos y tres bisnietos.
En 1968, cuando tenía 32 años, un compañero de trabajo de mi marido le dijo que en Espot se estaba construyendo una estación de esquí y que podía venderle una parcela para hacer un chalet, ya que sabía que nos gustaba esquiar. Un fin de semana fuimos a verlo, y después de siete horas de viaje desde Barcelona, encontramos un terreno lleno de piedras y sin un árbol. Pero el Valle de Àneu nos gustó mucho y decidimos, finalmente, hacer una casita, no un chalet, que la hemos disfrutado veranos e inviernos durante más de cincuenta años. Ahora, que soy viuda me paso en ella de mayo a octubre y también las Navidades y otras fiestas con mis hijos.
La crisis económica de 1992-93 nos afectó de lleno y tuvimos que reinventarnos. En 1994, creé con mi marido y dos hijos un pequeño establecimiento de comidas cocinadas en la plaza de la Sagrada Família. Era conocido por ofrecer una amplia variedad de platos preparados, inspirados principalmente en la cocina casera y tradicional catalana. El negocio era apreciado por el trato cercano con la clientela y, durante años, formó parte del paisaje gastronómico barcelonés y fue un referente de las comidas para llevar.
" Mi padre quería, a todas luces, que, después de casada, siguiera trabajando

¿Cómo has vivido los cambios sociales y culturales?
La relación con los padres era muy distinta a la que tenemos ahora con los hijos. Para empezar, los tratábamos de usted, aunque mi padre no lo quería y prefería una relación más cercana. Tampoco se tenían conversaciones en profundidad sobre aspectos diversos de la vida, como los sentimientos, preocupaciones o problemas personales. Había mayor distancia y respeto, y a menudo los hijos no cuestionábamos las decisiones de los padres. Las normas eran más estrictas y cada uno tenía muy claro cuál era su papel en la familia. Mamá nos educaba a hacer las cosas de casa. Para mandar, decía, debes haberlo hecho antes. Con los hijos de hoy, en cambio, hay más confianza, comunicación y libertad para expresar opiniones y emociones, pero, muchas veces, menos obediencia y respeto hacia la autoridad.
¿Qué crees que era mejor años atrás?
Se ha perdido educación en muchos sentidos, desde los comportamientos o lo que antes decíamos urbanidad, hasta el respeto a la gente y la consideración hacia los demás. Antes había unas normas de convivencia más marcadas, como saludar, dar las gracias, pedir las cosas con respeto o tener en cuenta a las personas de alrededor. Hoy, en algunos casos, estas formas se han ido perdiendo y parece que existe más individualismo y menos preocupación por el otro. Sin embargo, sorprende que ante situaciones extremas esta actitud cambie. En momentos de necesidad, aparece un fuerte sentido de solidaridad, con muchas personas dispuestas a ayudar, colaborar y ofrecer su tiempo de forma desinteresada.
" Hoy parece que hay más individualismo y menos preocupación por el otro
¿Y ahora qué?
La verdad es que no me he dado cuenta de que envejecía, porque la salud me acompaña y sigo haciendo lo mismo y con la misma ilusión de siempre. Quizás han aparecido algunas arrugas y los años pesan un poco más, pero dentro de mí todavía vive esa persona inquieta y llena de ganas de hacer cosas. Vivo al día, sin esperar nada concreto. No busco controlar el futuro. Con el espíritu abierto, descubro que siempre existen novedades para vivir y aprender.
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Para celebrar que he cumplido noventa años dije a mis hijos que quería tirarme con parapente. Volar tiene también un simbolismo relacionado con el espíritu con el que debemos vivir: libres, por encima de las cosas, sin dejarnos atrapar por las preocupaciones. A los noventa años, todavía tengo ganas de descubrir, asumir retos y mirar la vida con ilusión.
" No busco controlar el futuro. Con el espíritu abierto, descubro que siempre hay novedades para vivir y aprender
El Mesías de Händel
Cantando bajo la lluvia, con Fred Astaire y Gene Kelly